WE ARE NOT AN ISLAND (Historia de un himno)

Seguidores de un grupo de música. Socios de un equipo de fútbol. Fans de un director de cine. Admiradores de un escritor. Todos formamos parte de un pequeño conglomerado de gente con la que nos sentimos unidos y de la que nos sentimos parte y todo. Andamos estableciendo pequeños lazos que nos unen permanente o temporalmente. Delgados hilos que establecen paralelismos y que nos asocian para bien o para mal a algo o a alguien.

Agregados a un grupo en Facebook. Integrantes de una comunidad. Afiliados a un partido político.  Elementos de un grupo en el Messenger. Miembros de una familia. Somos testigos de la fortuita casualidad que nos hizo ser lo que somos. La inesperada fortuna que nos hace estar en el callejón inadecuado, a la hora precisa, acompañando a la persona oportuna. Sin embargo, una vez te atenaza el frío certero de lo imprevisible que se transformó en destino; acabas por formar parte de la realidad plausible de tu historia. Y nunca dejarás de serlo.

Ningún hombre es una isla entera por sí mismo. Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo. Si el mar se lleva una porción de tierra, Europa entera se queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. Ninguna persona es una isla, la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso nunca preguntes porquién doblan las campanas, doblan por ti.

Ernest Hemingway

Corría el 1920 y la isla estaba bajo el dominio del imperio británico y el entramado geopolítico heredado de la II Guerra Mundial. En una tarde de un mes cualquiera, el pueblo maltés se disputaba algo más que un partido de fútbol con soldados del ejército de Gran Bretaña. Antes del partido, y como era costumbre en todos los eventos en los que estuviera presente un representante de las instituciones británicas, sonó el “God save the queen”. Todos los honores para un ejercito contra unos pocos de aldeanos. El poco público asistente escuchó respetuoso hasta que los jugadores malteses saltaron al campo. La orquesta casi había terminado su ejecución impecable cuando unos pocos asistentes empezaron a tararear una canción popular. A los pocos segundos, los allí reunidos estaban en pié tarareando, silbando o musitando un sonido familiar que había estado pegado a su botas durante años.

Salgo de la oficina en la Casa Leone para coger el autobús de Floriana camino a casa. Dejándo atrás Valletta, a mi izquierda el edificio ocre de la Fundación en que trabajo en la plaza Robert Samut (ya no queda nadie en la isla con ese apellido). La estatua del músico, en mitad de la plaza, mantiene su brazo erguido señalando a un punto en el horizonte, en mitad de la isla, imaginando el lugar donde hubo un campo de fútbol. Ya nadie recuerda quien ganó ese partido, aunque otros están convencidos de haber ganado la partida.

Porque están los que crean el imaginario y la iconografía de cruces, estrellas o lunas. De banderas, escudos, letras o himnos.

Y luego están los que cantan la Historia.

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Archivado bajo CARTAS DE UN 'HALCÓN MALTÉS'

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