EL MAR QUE DEVORABA HISTORIAS

Aranyhid. Fue la única palabra que le vino a los labios despues de un rato contemplando el azul de cielo fundiendose con la inmensidad del mar. Petter, así es como se llama este húngaro, miraba atento la dorada reverberación del brillo del sol en el agua mansa de un mar misteriosamente calmo. Mientras yo masticaba el concepto. Puente dorado. Me imagino ese puente del Mediterráneo cruzado por miles de barcos, de vidas, de sueños, de historias.

Un mar que ayudó a fraguar secuestros reales para acabar llorando Troyas incendiadas a lo lejos. El lugar por donde llegaron la religión, la historia, la cultura y la revolución. Por sus aguas escapaban Odiseos a los cantos de sirena y en sus costas desembarcaron principes macedonios para conquistar el exótico mundo asiático. Este mar trajo las lenguas de otros mundos y tradiciones que dejaron de ser desconocidas. Vientos revolucionarios en forma de clasicismo político, renacimiento artístico y vanguardia social.

Del oleaje de este mar que atrapa, como un museo, los restos de imperios, civilizaciones y pueblos se desprende el sabor salado de la historia que nos une. Por eso el otro día, cuando me invitó a unas cervezas un marinero rumano, escuché su historia contada con la sabiduría que dan las canas y las manos encalladas. Acompañado por un chico filipino que dificilmente sabía hablar inglés, contaban la dureza de un mundo que me parece ajeno pero que es parte de la vieja memoria de occidente y oriente. La quietud. La bravura. silencio. Astío.

Un mar que hoy está rabioso. Que sacude con fuerza toda su espuma contra los muelles dejando entrever que puede ser el fin de todo como también fue el principio. Que sepulta las huellas de las gentes que caminaron en las playas de sus costas. Por donde llegó la guerra y el progreso. Donde se ahogaron barcos tras batallas interminables y hombres que lucharon por una creencia, por una bandera, por un ideal, por superviviencia. Sus fauces cuentan la historia vivida por los que quisieron ser parte de la Historia.

En eso pensaba mientras caminaba por la orilla del puerto de Gzira de vuelta a casa cuando me paré sorprendido ante un pequeño garaje del que salia un profundo olor a madera recién tallada. En su interior, acompañado por música clásica, un hombre se afanaba en su pequeño barco. Con la piel curtida por otros barcos y, quizá, otros mares; el hombre parecía ajeno al discurrir del tiempo y al paso de los años. Los ojos astutos y reacios cuando le pregunté a cerca de las horas que le dedicaba a su pequeña obra de arte. Me miraba de reojo, con aquel aire de quien se siente mejor en el mar que en tierra firme. Entre su marcado acento inglés se asomaba la apatía de quien está exiliado de la palabra y se maneja mejor entre el silencio del mar adentro. El mismo aire de quien confía en las reglas que hilan el destino en la soledad de un mar impredecible antes que en la barbarie del libre albedrío del hombre en tierra firme.

La soledad de un mar tejido por quebradizos puentes dorados que devoraron nuestra Historia.

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1 comentario

Archivado bajo CARTAS DE UN 'HALCÓN MALTÉS'

Una respuesta a “EL MAR QUE DEVORABA HISTORIAS

  1. Jj

    Desde las frías tierras en las que el mar se entretuvo en abrir montañas hace millones de años se zambulle este lector en tus palabras…

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