LA ÚLTIMA

A VOSOTRAS. A ELLAS. A TODAS

Entré a la habitación y allí estaba esperándome junto a la cama. Estaba ausente como tantas otras veces, pero yo sabía que entendería aquella vez como algo especial. Me senté a su lado y sonreí al mirarla. Lo hice sin disimulo, no como otras veces en que la miraba de reojo y ella permanecía inmóvil y sin inmutarse esperando mis torpes movimientos. Esta vez sería diferente. Todas lo son. Quizá.

Lo habíamos hecho muchas veces anteriormente y en muchos sitios. Ella aguardaba siempre receptiva a que yo me acercase, como un templo salomónico que espera ser profanado o como un tesoro en una isla que espera ser descubierto. Recuerdo la primera vez. Yo no estaba acostumbrado a ella. Su olor, su tacto y sus secretos. Todo era diferente a las anteriores con las que había estado. Especial. Todas lo son.

Aquella primera vez yo no conocía sus virtudes ni sus defectos. No sabía como tratarla y me movía dentro de ella con la torpeza del que se adentra en lo desconocido. Porque todas las primeras veces son iguales, pero también diferentes. Recuerdo que ella fue paciente y me dejó descubrirla a cada paso. Rehacerme y volverla a acariciar con la ilusa certeza del que se cree sabio en esto. Me dejó entrar en ella y me guió por su insondable belleza; me atrapó desde el principio con palabras que ya sabía, promesas que nadie cumplirá y compromisos hechos del suave tacto del silencio ensordecedor de mi habitación. Aquella primera vez me dejó exhausto pero, al mismo tiempo, tan sólo tenía ganas de más. Porque así son, te abren una parte de sus secretos mientras te afanas en intentar descubrir qué hay más allá y sólo a medida en que te sumerges inexorablemente en sus fantasmas te das cuenta de que nunca llegaras a conocerlas. En cierta medida yo también me dejé llevar y ella también entró dentro.

He de reconocer que también a veces no le dí cuanto pedía. Que hubo ocasiones en que no estuve solícito y que hubo días en que no le presté la atención que se merecía. Días en los que creí sentir que ya no la necesitaba y que todo era conocido, cuando la realidad era que todo estaba por aprender. Y, he de reconocer que me me arrepiento. Que cambiaría aquellos días en que estaba con ella pensado que había otras mejores. Aunque de poco sirve eso ahora que todo ha terminado.

He estado con ella por última vez. He compartido las últimas horas con ella, disfrutando con sus delicadas líneas. He buceando apasionadamente en su misterios, con la pasión desbordada de la primera vez y la lucidez del adiós. He sentido el olor que pienso (crédulo) sólo desprende cuando está junto a mi. Y me he embriagado de ella hasta el final.

Sigo sintiendo los últimos minutos que hemos pasado, aunque sé que mañana todo será diferente y empezaremos a olvidarnos como acabamos conociéndonos. Sé que ella estará con muchos otros, como ya lo estuvo antes. Quizá no, pero quiero pensar que así será. Ella tiene mucho que ofrecer y lo que nos hizo especial fue el tiempo compartido. Quizá algún día volvamos a estar juntos. Todo sería diferente. Los mismos aciertos y errores. Diferente.

Dormiré recordando su olor, su tacto, sus secretos. Soñaré con los últimos fantasmas a los que me dejó conocer mientras la miro con la misma timidez de la primera vez. Es difícil el último adiós. Siempre lo fue. Y así será siempre. El adiós a la última… la última novela.

Por que ellas, como las novelas, nos hacen ser mejor de lo que somos.

Madrid, 26 de Enero de 2010.

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